La distorsión del foco de lo importante como característica de nuestra sociedad
En nuestra sociedad todavía estamos lejos de comprender que la verdadera abundancia consiste en tener cubiertas las necesidades, no en poseer cada vez más. Sin embargo, llegar a esa conclusión no es fácil: todo nos empuja a querer más, una y otra vez.
Las redes sociales, las plataformas, la prensa, la radio y la televisión nos presentan cada novedad como una promesa de felicidad: si la conseguimos, creemos que alcanzaremos por fin el paraíso y dejaremos de desear. Pero esa satisfacción dura poco. La abundancia no consiste en acumular.
La realidad es distinta: la rueda del consumo nos aboca a necesitar la última ocurrencia de los vendedores y acabamos, como un hámster, atrapados en una rueda agotadora y engañosa.
A veces parece que no buscamos la felicidad con verdadera determinación, como si no nos interesara lo suficiente.
Confundimos la felicidad con el placer que supuestamente ofrecen lo complejo, lo difícil y lo sofisticado.
Si buscáramos con firmeza lo mejor para nosotros y para los demás, descubriríamos que ya tenemos mucho más de lo que pensamos: verdaderos tesoros que, por cotidianos, hemos dejado de valorar.
Es como si desde «arriba» se intentara distraernos con un acto de prestidigitación, un espejismo del bienestar: lo artificial se presenta como indispensable, mientras lo sencillo y lo natural quedan relegados.
Nunca habíamos tenido tanto y, al mismo tiempo, nunca habían sido tan frecuentes la ansiedad, la depresión y otros problemas graves relacionados con la salud emocional.
El foco de lo importante se ha distorsionado. Si reaccionáramos, el consumo descendería; pero el sistema necesita vender, comprar y, en definitiva, que consumamos. Como ocurre con una adicción, satisfacer el impulso no reduce la necesidad: la refuerza.
Esta sociedad necesita ser más valiente, más audaz y más libre, requiere una rebelión personal.
Para lograrlo, son pilares importantes:
1) Asumir el compromiso y la responsabilidad sobre nuestras decisiones.
2) Reconocer y valorar lo que ya tenemos, no solo lo que nos falta.
3) Recuperar una libertad verdadera, menos dependiente del consumo.
En definitiva, necesitamos despertar y recordar la verdad que encierra el viejo refrán: «No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita».
En esta nueva era, convendría hablar a los niños desde una edad temprana sobre el verdadero significado de la felicidad, con un mensaje sencillo, directo y comprensible.
Enseñarles qué significa asumir el control de su rumbo: tomar decisiones conscientes, actuar con responsabilidad y convertirse en el patrón de su propia embarcación.
Suelo decir que los grandes proyectos son también los más frágiles y vulnerables, como ocurre con la inteligencia artificial. La felicidad comparte esa fragilidad: aunque cada persona la interprete con sus propios matices, existen principios comunes que todos podemos cultivar.
Hacerlo con decisión y cariño significa trabajar por un mundo mejor y confiar en que ese cambio es posible. Porque, créeme, lo es.
