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Artículo de Opinión | «Todo esto es el euro digital», por Jonás Fernández

Sobre la regulación monetaria en la Unión Europea

Probablemente este verano, querido lector, haya reservado sus vacaciones a través de una plataforma digital. A su vez, quizá haya realizado en las últimas semanas alguna compra en una tienda on line. Pues bien, en esos casos, usted no ha podido pagar con dinero público, con dinero emitido por el Banco Central Europeo, es decir, con efectivo.

Seguramente, no ha caído en la cuenta de que cada día hacemos más operaciones económicas en entornos digitales donde el dinero público, insisto, el efectivo, está vetado. Ni usted ni yo tenemos la opción de abonar o cobrar con efectivo en la inmensa mayoría de las compras digitales.

Por otra parte, lo que sí hemos percibido más fácilmente son las dificultades crecientes para acceder al efectivo e incluso para usarlo en nuestros pagos y cobros. Por una parte, el número de cajeros disponibles ha caído extraordinariamente en la última década, e incluso las sucursales bancarias han complicado la retirada de efectivo en caja e incluso los ingresos. Y, por otra parte, en multitud de comercios físicos se ha restringido la posibilidad de pago en efectivo para ciertos importes, más allá de los estándares regulatorios establecidos para evitar el blanqueo de capitales y la evasión.

El resultado global es que en el mundo analógico cada vez es más difícil pagar con dinero público, el efectivo, y en el mundo digital es directamente imposible. Así pues, la libertad de los ciudadanos a la hora de decidir cómo realizar sus pagos o sus cobros se ha reducido notablemente, o directamente se ha eliminado en el caso de la economía digital.

Ahora bien, cabría preguntarse qué diferencia el efectivo del dinero depositado en nuestras cuentas corrientes con las que abonamos o recibimos las transferencias gestionadas directamente desde la web de nuestro banco, las tarjetas de crédito o débito, o cualquier otro instrumento de pagos.

Pues bien, la diferencia central es que el efectivo está emitido directamente por el Banco Central, supone un pasivo para el ente emisor, y, por lo tanto, es «dinero público» que además no puede desaparecer. Los bancos centrales no pueden quebrar. El resto del dinero, el que tenemos en nuestras cuentas bancarias y vemos en la pantalla de nuestro ordenador o del teléfono en la web de nuestra entidad financiera, es dinero privado, emitido por el banco comercial. A ojos de cualquier ciudadano, un euro en su cuenta corriente y un euro en efectivo son indistinguibles, y para que así sea existe una regulación y una supervisión sobre los bancos. Es más, existe también un seguro de depósitos para cubrir nuestros ahorros en dinero privado, el dinero de nuestras cuentas bancarias, hasta 100.000 euros. Ahora bien, en una crisis bancaria, somos perfectamente conscientes de que ambos dineros no son iguales y por eso, en esos momentos de inestabilidad, intentamos transformar todos nuestros ahorros de dinero privado en dinero público, es decir, en efectivo, comportamiento que contribuye a agravar aún más la situación de inestabilidad bancaria, por otra parte.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que cada día es más difícil hacer uso del efectivo y que, además, en la economía digital resulta totalmente imposible, el formato actual de dinero público, el efectivo, lleva camino de desaparecer con consecuencias que podrían ser catastróficas.

Por otra parte, el desarrollo de activos digitales privados, especialmente las stablecoins, abre nuevos desafíos sobre el futuro del sistema monetario. Esos activos digitales permiten realizar algunas operaciones que, de momento, no tienen competencia, pero, por otra parte, suponen un riesgo de desestabilización monetaria y desintermediación del dinero público que nos retrotraería al siglo XVIII, marcado por crisis bancarias recurrentes y profundas, el mundo previo al invento del dinero público en forma de efectivo creado por bancos centrales. Los billetes que hoy conocemos no siempre han estado ahí. Debemos recordarlo.

En fin, por todo ello, la Unión Europea ha decidido tomar cartas en el asunto. Por una parte, la legislatura pasada se acordó una regulación sobre las stablecoins para fortalecer su resiliencia y minimizar la probabilidad de quiebras de los emisores de esos activos digitales (MICA), que ya está en vigor y, a su vez, en reforma, porque el mundo digital avanza muy rápido. Y, por otra parte, la Comisión presentó un paquete legislativo adicional para fortalecer la obligación de distribución y aceptación de efectivo, del dinero público analógico, y, a su vez, comenzar a emitir un dinero público digital, el euro digital, que permita disponer de un activo similar al efectivo del mundo analógico en la economía digital. Eso, y no otra cosa, es el «euro digital».

A finales de junio, el Parlamento adoptó su posición sobre el paquete legislativo del euro digital y la regulación de la obligación de curso legal del efectivo, para fortalecer su disposición al público. El Consejo había acordado sus textos el pasado diciembre. Así pues, hemos iniciado ya las negociaciones entre ambos co-legisladores con el objetivo de alcanzar un acuerdo sobre el nuevo marco legal antes de final de año, que permita, a su vez, que el Banco Central Europeo continue con el desarrollo de su actual proyecto piloto con la intención de comenzar a emitir euros digitales a disposición del público en el año 2029.

Para entonces, usted podrá elegir si tener sus ahorros, hasta una cierta cantidad, y realizar sus pagos en dinero privado emitido por los bancos comerciales, o bien en dinero público, ya sea en efectivo o en euros digitales. La actual prohibición de facto para realizar pagos en el mundo digital con dinero público habrá desaparecido, y podrá usar sus euros digitales públicos para cualquier pago, cobro o transferencia. Asimismo, el euro digital podrá prestar servicios que ahora sólo ofrecen los activos digitales privados, esencialmente las stablecoins, y con ello garantizar la autonomía monetaria europea y la gestión efectiva de la política monetaria también en la economía digital.

Además, los pagos en euros digitales se podrán realizar no sólo on line, con plena anonimización de los apuntes contables, con estándares sustancialmente superiores a los que actualmente protegen la información de nuestros pagos a través de dinero privado mediante nuestras cuentas bancarias, sino también off line, sin conexión a internet, con una privacidad idéntica a la que disfrutamos en los pagos con dinero público analógico, el efectivo, y sujeta a normas similares contra el blanqueo.

En otro orden de cosas, la vía adicional para los pagos que ofrece el euro digital elevará la competencia entre los sistemas de pagos, ayudando a reducir los costes que recaen sobre los comercios, que además se beneficiarán de un sistema de tarifas siempre mejor que las actuales soluciones privadas, casi todas ellas en manos de empresas americanas, que en la situación geopolítica que atravesamos pueden suponer una vulnerabilidad para nuestra economía.

Por último, el refuerzo del marco legal de protección del efectivo mejorará la disponibilidad y las opciones de uso que se han venido reduciendo en los últimos años. El efectivo en manos del público es esencial, y no sólo por motivos económicos. La cohesión social y territorial está también en juego en la defensa del efectivo. Así pues, el reglamento de curso legal, que también se revisa ahora, protege con más fuerza ese derecho.

Todo esto es el euro digital, y confío en que usted y yo lo disfrutemos muy pronto.

Jonás Fernández

Socio colaborador de Compromiso Asturias y eurodiputado

La Nueva España

Ver «Preparándonos para el Futuro: Desafíos del Euro Digital», webinar organizado por Compromiso Asturias XXI en 2024.