Cada avance nos obliga a aprender algo nuevo para movernos con seguridad
Hace unos días, en una sala de espera, una mujer miraba el teléfono con preocupación. La llamada venía de Arabia Saudí. Al otro lado hablaban en inglés y le aseguraban que su hijo tenía un problema grave. Su hijo se encontraba precisamente en aquel país.
Buscó a alguien que pudiera ayudarla con el idioma y me acerqué. Había varias cosas que no encajaban. Nadie pronunciaba el nombre de su hijo, las frases eran imprecisas y, con inmediatez, le pedían dinero. Reconocí el patrón de una estafa.
Para entonces, el miedo ya había hecho su trabajo. La mujer estaba en pleno ataque de pánico y nuestras explicaciones apenas conseguían tranquilizarla. Le repetíamos que la llamada era falsa, pero ella seguía mirando el teléfono y pensando en su hijo a miles de kilómetros. El engaño funcionaba porque se apoyaba en algo cierto. Su hijo estaba allí. Quien no conociera aquel tipo de fraude tenía motivos para creer que podía estar ocurriendo algo.
La formación llega tarde si empieza cuando el miedo ya ha tomado todas las decisiones.
Hace unos años, protegerse en internet significaba aprender a elegir una buena contraseña, desconfiar de determinados correos o evitar enlaces sospechosos. Muchas de esas precauciones siguen en vigor. Ahora una fotografía puede crearse en segundos y una voz digital puede con bastante fidelidad a alguien que conocemos.
Incibe publicó este año el caso de una mujer mayor que recibió una llamada sobre una supuesta operación urgente de su hija. Durante la conversación escuchó una voz idéntica a la suya llorando y pidiendo ayuda. Antes de pagar, comprobó qué estaba pasando y descubrió que la voz había sido clonada mediante inteligencia artificial.
La inteligencia artificial permite traducir idiomas, detectar enfermedades y ahorrar muchas horas de trabajo. Sus posibilidades son enormes. Algunas de esas capacidades también pueden acabar en manos de quien busca engañar, igual que ocurrió antes con otras tecnologías.
Por eso aprender también tiene que avanzar.
En 2025, el 75,6 por ciento de los jóvenes españoles de 16 a 24 años había utilizado inteligencia artificial generativa. Entre las personas de 65 a 74 años el porcentaje era del 7,4 por ciento. Asturias tiene además una población especialmente envejecida. Más de una cuarta parte de los asturianos supera los 65 años.
La distancia entre esas cifras se reconoce en muchas casas. Alguien enseña un mensaje que acaba de recibir y pregunta si parece fiable. Una aplicación que llevaba meses usando se actualiza y ya no encuentra cómo hacer la misma gestión. Un correo del banco parece normal hasta que alguien mira con más calma quién lo envía.
Durante mucho tiempo asociamos la brecha digital a tener o no tener acceso a la tecnología. Ahora una persona puede utilizar internet todos los días y seguir encontrándose desprotegida cuando cambian las reglas.
Saber manejar un teléfono ya no garantiza saber protegerse dentro de él.
Por eso la educación digital no puede terminar cuando aprendemos a encender un ordenador ni cuando salimos del instituto. Tampoco termina en la universidad. La tecnología evoluciona demasiado deprisa como para pensar que llega un momento en el que ya hemos terminado de aprender.
Habrá conocimientos que incorporaremos a los veinte y tendremos que actualizar a los sesenta.
Entre esas cosas está aprender a reconocer una llamada fraudulenta. Si alguien nos apremia para pagar o dar datos, conviene colgar y comprobar por otro medio qué está pasando. También tendremos que acostumbrarnos a algo que hasta hace poco parecía imposible. Escuchar una voz conocida ya no bastará siempre para saber quién está al otro lado. Por eso conviene tener interiorizado qué hacer antes de que llegue el susto, porque en ese momento el miedo deja poco espacio para pensar con calma.
En Asturias se registraron 8.244 estafas informáticas durante 2025. Detrás de esa cifra hay personas de todas las edades. Los jóvenes también caemos. Recibimos mensajes falsos, compramos en páginas dudosas y confiamos demasiado deprisa cuando algo nos resulta familiar.
Quienes pasamos buena parte del día entre aplicaciones reconocemos algunos patrones con más facilidad. Hemos aprendido parte de ese lenguaje casi sin darnos cuenta y podemos compartirlo. En muchas familias ocurre ya con naturalidad. Un hijo explica cómo comprobar un enlace. Una nieta enseña a activar una medida de seguridad. Otro día serán ellos quienes pidan consejo sobre una decisión que sus padres o sus abuelos tuvieron que afrontar muchos años antes.
Siempre hemos aprendido unos de otros. La tecnología simplemente ha añadido nuevas conversaciones a la mesa.
El envejecimiento de Asturias es un problema demográfico serio que marcará nuestro futuro. En ese contexto, la convivencia entre generaciones será cada vez más necesaria. En una tierra donde cada vez pesan más las edades avanzadas y faltan jóvenes, cuidar ese vínculo también significa compartir conocimientos que permitan a cada persona conservar su autonomía durante más tiempo.
Los jóvenes tenemos un papel importante en esa tarea. Llegamos antes a muchas herramientas y podemos ayudar a comprenderlas, advertir de nuevos fraudes y explicar con paciencia aquello que para nosotros ya se ha vuelto cotidiano. Hacerlo bien significa conseguir que quien hoy necesita ayuda mañana pueda resolver la situación por sí mismo.
Porque acompañar también consiste en enseñar a no necesitarnos siempre.
Las personas con menos contacto con la tecnología tienen igualmente que disponer de oportunidades para formarse. La seguridad de alguien no puede depender de que un hijo esté disponible, de que un nieto viva cerca o de que, por casualidad, haya una persona preparada en la misma sala cuando suene el teléfono.
La formación permanente empieza a parecerse cada vez menos a un complemento y cada vez más a una parte de nuestra autonomía.
También los servicios que utilizamos a diario incorporan sistemas automáticos y nuevas formas de atención. Muchos simplifican gestiones y evitan desplazamientos. Cada cambio exige un pequeño aprendizaje. Si la tecnología avanza durante toda nuestra vida, aprender a usarla tendrá que acompañarnos durante toda nuestra vida.
Eso vale para todos.
La inteligencia artificial seguirá cambiando. Los fraudes también. Dentro de unos años aparecerán formas de engaño que ahora ni siquiera imaginamos, al tiempo que surgirán herramientas capaces de simplificar tareas que hoy todavía nos ocupan horas. Conocer la tecnología permite aprovechar mejor lo bueno y estar preparados para aquello que exige más cuidado.
La prudencia digital tampoco tiene edad.
Sigo pensando en aquella mujer de la sala de espera. Mientras intentábamos tranquilizarla, ella solo podía pensar que a su hijo, a miles de kilómetros, podía haberle pasado algo. Comprendo que en aquel momento fuera difícil escuchar cualquier explicación.
Lo que necesitaba saber tendría que haberlo aprendido antes de que sonara el teléfono.
Educar en este tiempo significará algo más que enseñar a utilizar las herramientas que ya existen. Tendremos que aprender a comprobar, reconocer patrones y conservar la calma cuando la tecnología intente decidir por nosotros antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.
Los jóvenes podemos tener un papel importante en ese aprendizaje porque muchas de estas herramientas forman ya parte de nuestra vida cotidiana. También nosotros tendremos que seguir formándonos. La tecnología que hoy manejamos con naturalidad algún día volverá a ponernos delante de algo que no entendamos.
La formación permanente servirá precisamente para eso, para que cada avance nos encuentre un poco menos indefensos. Porque en un mundo donde hasta una voz conocida puede engañarnos, saber detenerse y pensar seguirá siendo una de las formas más importantes de libertad.
