Asturias se encuentra sobre lo que los expertos llaman una ‘burning platform’: un punto crítico, casi un ultimátum, que nos obliga a actuar de inmediato si no queremos ver cómo la pérdida de competitividad se convierte en irreversible
Asturias ha vivido en primera línea la transformación del sistema energético español y europeo. En apenas tres décadas hemos pasado de ser un territorio claramente exportador de electricidad a depender, de forma creciente, de la energía que llega desde fuera. Y lo más paradójico es que esta transición se produce precisamente en la región más industrial de España, donde la industria supone en torno al 20% del PIB, frente a una media nacional cercana al 15%. Para un territorio cuya fortaleza económica sigue ligada a su capacidad productiva, esta contradicción no es solo un problema: es un freno estructural que compromete tanto nuestro presente como nuestro futuro.
Las consecuencias están ya a la vista. Empresas que generan algunos de los mejores empleos de Asturias no llevan a cabo ampliaciones de potencia porque no tienen garantizada la materia prima esencial: la electricidad. Y los proyectos estratégicos que deberían impulsar la economía de la próxima década se encuentran cuestionados una y otra vez por la falta de planificación y, sobre todo, por la ausencia de certezas sobre la disponibilidad energética.
No hablamos de un reto técnico. Hablamos de un riesgo económico real. Asturias se encuentra, aunque a veces cueste reconocerlo, sobre lo que los expertos llaman una burning platform: un punto crítico, casi un ultimátum, que nos obliga a actuar de inmediato si no queremos ver cómo la pérdida de competitividad se convierte en irreversible. Podemos minimizarlo, discutirlo o aplazarlo, pero la realidad es la que es: si no resolvemos el cuello de botella eléctrico, la industria asturiana no podrá crecer, y algunas actividades ni siquiera podrán mantenerse.
Este bloqueo tiene causas conocidas. Asturias acumula más de diez años sin construir un solo kilómetro nuevo de red de transporte eléctrico. Infraestructuras esenciales llevan casi dos décadas esperando resoluciones administrativas que nunca llegan. Y mientras tanto, la transición energética avanza, las tecnologías cambian y las decisiones industriales se toman en otros lugares donde sí existe una planificación clara, una red preparada y un marco que permite actuar con agilidad.
La dependencia actual no es inevitable. La solución está identificada y es técnicamente incontestable: el Anillo Central de 400 kV. Esta infraestructura es la pieza que permitiría liberar capacidad, garantizar el suministro a la industria existente y crear espacio para nuevos proyectos industriales de alto valor añadido. Decirlo sin rodeos: sin el Anillo, Asturias no podrá competir. Y si no puede competir, no podrá retener ni atraer actividad productiva en un contexto global que se mueve a gran velocidad.
Pero resolver el déficit de red no basta. Necesitamos, además, algo que en Asturias suele darse por supuesto pero rara vez se aborda de frente: licencia social. No podemos reivindicar energía asequible e industria fuerte si rechazamos cada proyecto energético, cada línea, cada instalación de apoyo o cada desarrollo de almacenamiento. La transición energética exige diálogo, transparencia y pedagogía; un trabajo “parroquia por parroquia”, como se ha hecho en otros países que han logrado compatibilizar industria, paisaje y sostenibilidad. Sin esa conversación honesta, la transición será un ideal teórico, no una política real.
El contexto nacional ofrece ahora una ventana de oportunidad. La nueva planificación eléctrica prevé grandes inversiones para duplicar la integración de renovables y atender nuevas demandas industriales. Pero estas inversiones solo se materializarán en Asturias si hacemos lo que corresponde en tiempo y forma. Y aquí aparece la advertencia que más se repite entre los expertos: no existe un plan B.
Si no anticipamos las infraestructuras, si no reducimos la burocracia y si no generamos un consenso social mínimo, el tren del desarrollo pasará de largo. No es una metáfora. Es una realidad constatada.
Asturias está ante una decisión que no puede aplazarse. Nos jugamos nuestra competitividad, nuestra industria y, en última instancia, nuestro modelo de futuro. Actuar ahora no es una opción: es una obligación.
Eduardo Sánchez Morrondo y Javier Sáenz de Jubera
Presidente y coordinador del Think Tank «Arcadio Gutiérrez» – Energía e Infraestructuras de Compromiso Asturias, respectivamente
