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Artículo de Opinión | «La altura de las amapolas», Marina Dáder

Septiembre devuelve a miles de jóvenes a las aulas asturianas; el modo en que los tratemos dirá bastante sobre la tierra que queremos construir con ellos

Septiembre devuelve a los campus un ruido que durante el verano casi desaparece.

Se llenan las bibliotecas, reaparecen las conversaciones en los pasillos y vuelven los estudiantes que ya conocen de memoria el camino hasta su aula. Otros todavía miran los números de las puertas. Entre unos y otros hay quienes empiezan un grado, quienes llegan al máster y quienes abren, por primera vez, una tesis doctoral que ocupará varios años de su vida.

Asturias conoce bien el talento de muchos de ellos. Lo reconoce en sus expedientes y lo celebra cuando llega una publicación, un premio o un buen resultado.

Hace apenas unos días, investigadores vinculados a centros asturianos firmaban en Nature Materials un trabajo que usa redes neuronales para diseñar la propagación de la luz a escala nanométrica. La ciencia que aparece en una revista de referencia internacional también se hace al lado de casa.

Hay un concepto de la psicología social que siempre me ha resultado incómodo por lo fácil que es reconocerlo. El síndrome de la amapola alta describe lo que pasa cuando alguien sobresale dentro de un grupo y su altura empieza a despertar rechazo. La imagen procede de un campo de amapolas. Una crece algo más que las demás y rompe la línea uniforme. Entonces aparece la tentación de cortarla.

Las personas hemos desarrollado tijeras bastante más discretas. Una idea puede recibirse con condescendencia porque quien la plantea es demasiado joven. Un expediente que impresiona puede empezar a incomodar antes de que nadie lo haya leído entero. La seguridad que admiramos en alguien con trayectoria puede parecernos arrogancia cuando viene de alguien que acaba de llegar. La ambición despierta recelos. Quien aprende deprisa aprende también a rebajar el entusiasmo.

Ese aprendizaje es peligroso en cualquier sitio. En la universidad, más.

Un investigador joven tiene mucho que aprender. Necesita escuchar a quienes llevan años trabajando, aceptar que algunas ideas acabarán descartadas y sostener con argumentos aquello que propone. Ese proceso forma parte de la ciencia. También puede ocurrir que vea algo que otros dejaron de mirar, conecte conocimientos que permanecían separados o llegue con una pregunta capaz de abrir una línea nueva.

La experiencia debería servir para reconocer esa posibilidad. Cada generación universitaria recibe un conocimiento construido durante décadas y tiene la responsabilidad de hacerlo avanzar. Un profesor puede acabar enseñando a alguien que llegue más lejos que él. Un grupo de investigación puede incorporar a una persona que cambie su manera de trabajar. Hay pocos resultados que hablen mejor de quien ha dedicado su vida a formar a otros.

Convivir con el talento joven exige, sin embargo, cierta seguridad. Hay que aceptar que la edad y la capacidad avanzan por relojes distintos.

En Asturias conocemos otra flor a la que nuestras expresioness populares tampoco ha tratado demasiado bien. «Cardo borriquero» se usa como insulto para describir a alguien áspero o desagradable. La planta merece una segunda mirada. Puede alcanzar varios metros, soporta heladas fuertes y prospera en terrenos donde otras especies encuentran dificultades. Cuando florece, sus cabezuelas púrpuras atraen a los polinizadores. Su aspecto poco delicado ha terminado pesando más en nuestra imaginación que todo lo que sabe hacer.

Algo parecido puede ocurrir con una persona joven que llega a un grupo con una forma propia de trabajar. Puede sobresalir sin querer imponerse. Puede tener ambición y querer aprender. Puede señalar una forma distinta de hacer algo y seguir necesitando la experiencia de quienes llevan años allí. Integrarse debería significar justamente eso. Sumarse a una comunidad, comprenderla y aportar lo que cada uno sabe hacer mejor.

Obligar al cardo a comportarse como una flor de invernadero sería desperdiciar precisamente las cualidades que lo hacen valioso.

La juventud asturiana tampoco parece estar esperando a que le faciliten la vida. Este verano supimos que cada vez más jóvenes de entre 16 y 24 años compaginan estudios y trabajo en nuestra región. Muchos llegan al final de su formación después de haber aprendido a sostener a la vez las obligaciones académicas y sus primeros empleos. Esa generación ya conoce el esfuerzo.

Cuando se incorpora a la universidad, a una empresa o a un grupo de investigación, merece encontrarse con una exigencia adecuada. Que una idea se valore por lo que contiene. Que un expediente brillante no se lea como una amenaza.

Que una discrepancia pueda discutirse sin convertirla en un juicio sobre quien la formula. Que los años de experiencia den autoridad sin transformarse en un derecho de propiedad sobre la manera correcta de hacer las cosas.

También importan las condiciones materiales. Una vocación investigadora necesita tiempo y una financiación que permita sostener varios años de trabajo.

Quien termina sus estudios compara posibilidades y sabe que algunos lugares ofrecen más caminos que otros. Asturias compite ahí con ciudades que concentran universidades, centros y empresas capaces de financiar investigación. A esa diferencia se suma una cultura en la que el joven, además de demostrar su capacidad, tiene que pedir permiso por tenerla.

El talento reconocido puede cansarse de tener que justificar su altura.

Sería una pérdida silenciosa. A veces la persona seguirá aquí y empezará a hablar menos. Guardará una idea para evitar otra discusión o aprenderá a esperar incluso cuando ya estaba preparada. Otras veces buscará un lugar donde desarrollar su trabajo con menos fricción. En ambos casos perdemos algo que ya sabíamos reconocer.

Asturias tiene jóvenes preparados y una tradición universitaria capaz de formarlos.

Tiene grupos que hacen ciencia de primer nivel y profesores que llevan años abriendo caminos para quienes llegaron después. Cuidar ese legado implica dejar que la siguiente generación añada algo propio, incluso cuando al principio resulte incómodo.

Este septiembre volveremos a ver crecer amapolas en nuestras aulas. Algunas alcanzarán la altura prevista y otras sobresaldrán bastante más. También aparecerá algún cardo, resistente, poco dado a crecer según el dibujo que alguien había imaginado para el jardín y con mucho más que aportar de lo que su nombre deja suponer.

Su capacidad para soportar la helada merece admiración.

Aunque sería mucho mejor descubrir hasta dónde puede crecer cuando encuentra un buen terreno.

Antes de cortar una amapola alta, habría que preguntarse si el problema estaba en la flor.

Marina Dáder

Mentee 2026 de Compromiso Asturias

La Nueva España