Desde Compromiso Asturias, celebramos con profundo orgullo el reconocimiento a nuestro Socio de Honor (2022) Adolfo Rivas, recientemente nombrado Hijo Adoptivo de Oviedo e Hijo Adoptivo de Asturias.
Adolfo no nació en Asturias, pero eligió convertir el futuro de nuestra región en su causa personal. Hoy, esa misma tierra le responde llamándolo hijo.
Compartimos su último y artículo de opinión donde nos da una lección magistral de ética, gratitud y verdadero compromiso con nuestro pueblo.
¡Enhorabuena, Adolfo! Gracias por enseñarnos lo que significa, de verdad, servir a Asturias.
No hay reconocimiento más íntimo que aquel en el que una comunidad te abre la puerta de su casa
He recibido a lo largo de mi vida reconocimientos que jamás imaginé, llegados de instituciones públicas, organizaciones sociales, medios de comunicación y entidades de la sociedad civil. Todos me honraron. Todos me emocionaron. Pero ser nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad de Oviedo y, ahora, Hijo Adoptivo de Asturias pertenece a otra categoría. No porque sea mayor, sino porque es más íntimo. Se parece a escuchar que una comunidad pronuncia tu nombre con el lenguaje reservado para la familia.
Y eso produce una felicidad difícil de explicar, incluso en alguien que se reconoce profundamente feliz. No porque la vida me haya evitado el sufrimiento: he conocido el cansancio, la incertidumbre, el miedo, la impotencia y el dolor. Pero la felicidad nunca ha consistido para mí en la ausencia de heridas, sino en comprobar que ninguna de ellas ha podido más que el amor recibido y entregado, la causa compartida y el sentido profundo de una vida dedicada a pertenecer, cuidar y servir.
Por eso estos nombramientos me conmueven de una manera distinta. Huelen a tierra, a calles caminadas durante décadas, a conversaciones, a instituciones construidas entre muchas manos y a nombres propios que ya forman parte de mi historia. Suenan a familia. Y la familia tiene una manera muy particular de permanecer: convierte el tiempo en recuerdo.
Siempre me ha parecido hermosa la palabra recordar. Procede del latín recordari: volver a pasar por el corazón. Recordar no es simplemente mirar hacia atrás; es permitir que el pasado vuelva a latir en el presente. Y estos días el corazón no ha dejado de traerme a aquel muchacho de un barrio de la margen izquierda de Bilbao. Un chaval que presumía de guapo y de liderar una de aquellas cuadrillas que, entonces, daban identidad, prestigio y un lugar entre los iguales. Allí había dos reconocimientos especialmente valiosos. Uno era ser legal, título que concedían los propios compañeros a quien demostraba lealtad, valentía y palabra. El otro era ser de fiar para las familias del barrio, que lo querían cerca de sus hijos. Yo no lo sabía, pero aquella necesidad de reconocimiento acabaría encontrando una causa bastante mejor.
Fue Satur, un sacerdote de barrio, quien me colocó delante de un espejo distinto. No quiso que dejara de ser quien era; me invitó a imaginar quién podía llegar a ser. Vio una posibilidad que yo todavía no veía y me propuso algo que terminaría cambiando mi vida: acompañar la de los demás.
Volví a estudiar. Y allí aprendí una lección que nunca olvidaría: mis profesores del instituto decidieron abrirme puertas cuando habría sido mucho más sencillo darme por perdido. Con los años comprendí el inmenso poder de las instituciones. Pueden limitarse a administrar normas o pueden atreverse a abrir futuros. Aquellos profesores hicieron lo segundo.
En casa, mientras tanto, se libraba un debate mucho más hermoso que cualquier discusión. Mis padres me habían cuidado y acompañado en momentos en los que uno camina demasiado cerca del precipicio y celebraban aquel cambio vital, pero imaginaban caminos distintos. Mi Aita, hijo de la cultura obrera de su tiempo, pensaba que el compromiso debía seguir junto a la propia gente: en la fundición, en la parroquia, en la asociación vecinal, en el sindicato. Temía que estudiar pudiera alejarme de los míos y convertirse en una forma de desclasamiento. Mi Ama, en cambio, quería que estudiara todo lo posible, convencida de que el saber no debía servir para ascender, sino para ser más útil.
Han pasado más de cuatro décadas. He estudiado, dirigido, escrito, creado proyectos, acompañado personas y asumido responsabilidades que aquel muchacho no habría sabido imaginar. Pero hay algo que me emociona mucho más que cualquiera de esas cosas: no me moví ni un centímetro de mi sitio. Ni uno. Sigo con la misma gente, con la misma causa y con la misma convicción: que nadie debería tener que renunciar a su dignidad para encontrar un lugar en el mundo. Quizá hoy disponga únicamente de más herramientas para intentarlo mejor.
Después llegó Asturias. No llegué a una tierra desconocida, sino a una tierra muy querida desde mi Bizkaia natal. Nunca imaginé, sin embargo, que acabaría convirtiéndose en mi hogar más profundo. Marisa, mi amor con mayúsculas, vino conmigo desde Euskadi; nuestros hijos nacieron aquí y son asturianos. Y hoy también mi Ama, ya viejecita, vive con nosotros en esta tierra, cuidada y querida. Hay en todo ello una belleza íntima que me conmueve especialmente estos días: Asturias no solo me acogió a mí; acogió mi amor, mi descendencia y hasta la raíz primera de mi vida.
Aquí encontré también mi otra casa: Vinjoy. Mi obra. Mi pasión cotidiana. Una institución que me enseñó, y a la que he intentado enseñar, que solo merece existir si pone toda su inteligencia al servicio de la dignidad humana. No puedo nombrar a todas las personas que han caminado conmigo porque convertiría estas páginas en una lista interminable y, sobre todo, porque siempre tendría miedo de olvidar a alguien. Pero ellas saben que están aquí: quienes compartieron desvelos, luchas, alegrías, derrotas, decisiones difíciles y esa obstinación hermosa de seguir creyendo que una vida puede abrirse cuando encuentra presencia, exigencia, cuidado y oportunidad.
Con los años comprendí que acompañar personas era imprescindible, pero no suficiente. También debíamos mejorar nuestra manera de hacerlo. Cambian las necesidades humanas, cambia la sociedad, cambia el conocimiento y deben cambiar nuestras respuestas. De esa búsqueda nació el Modelo de Intervención Socioeducativa Avanzada y de ella nace también el sueño de que Asturias pueda convertirse en un territorio capaz de investigar, crear y compartir mejores respuestas socioeducativas. No para dejar un nombre, sino para dejar mejores respuestas. Ninguna generación tiene derecho a conformarse con las que recibió.
Hubo años especialmente difíciles. Durante la crisis económica de 2008 dirigía la Fundación Vinjoy y asumía, de manera voluntaria, la dirección de Cáritas Asturias y responsabilidades en Cáritas Española. Recuerdo jornadas que parecían no terminar y días en los que trabajaba de pie porque sentarme significaba conceder al cansancio demasiada ventaja. Pero recuerdo sobre todo el orgullo con el que podía afirmar en ámbitos nacionales que Asturias no iba a consentir que hubiera niños viviendo en la calle. No era una previsión optimista ni una frase para quedar bien. Era una confianza profunda en la fibra moral de esta tierra cuando decide que alguien no puede quedar atrás.
También hubo momentos en los que mi seguridad personal se vio comprometida y tuve que preguntarme hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Recuerdo haber pensado entonces, con una serenidad que todavía hoy me sorprende, que si, como consecuencia de aquella opción y de aquellas decisiones, mi vida terminaba siendo más corta, no por ello sería una vida peor. No deseaba esa posibilidad ni buscaba ningún heroísmo. Era, sencillamente, una consecuencia que estaba dispuesto a asumir antes que comprar una vida más segura al precio de dejar de reconocer como propia la que había elegido vivir. Porque incluso entonces sentía algo con enorme claridad: estaba viviendo la vida que quería vivir.
Quizá por eso nunca me ha molestado demasiado que alguna vez me hayan llamado guerrillero social. Hay algo de mí en esa expresión. A veces cansado, algunas veces herido, pero todavía enamorado de la gente, de la justicia y de esta tierra. Y, cuando miro hacia atrás, los episodios más duros ocupan sorprendentemente poco espacio. La gratitud cambia la perspectiva. Permanecen mucho más los rostros, la alegría compartida, las manos tendidas, quienes confiaron, quienes sostuvieron cuando las fuerzas faltaban y quienes me permitieron acompañar sus vidas en algunos de sus momentos más decisivos.
Todo eso pesa mucho más que cualquier dificultad.
Siempre he abrazado mucho. Con los años he llegado a pensar que el abrazo es uno de los gestos más inteligentes que ha inventado la humanidad. Durante unos segundos desaparece la distancia de seguridad: dos personas aceptan ser vulnerables al mismo tiempo. Nadie domina. Nadie se protege del todo. Cada una sostiene a la otra mientras ambas se dicen, sin palabras, que no hace falta cargar a solas con el peso de ese instante.
Quizá por eso estos nombramientos me emocionan tanto. Porque no siento que Oviedo y Asturias me hayan entregado solamente un título. Siento algo mucho más difícil de explicar y mucho más sencillo de sentir: que me han abrazado.
No sé si alguien merece alguna vez ser llamado hijo de una tierra. Sospecho que no. Lo único que podemos hacer es intentar corresponder cada día al inmenso regalo de formar parte de ella. Por eso recibo estos reconocimientos con alegría, pero también con una responsabilidad renovada. No los siento como un punto de llegada, sino como una invitación a seguir caminando. Mientras conserve un poco de fuerza, seguiré haciendo lo único que realmente sé hacer: trabajar para que Asturias sea un lugar más justo, más humano y más fraterno; una tierra donde nadie quede definido por su vulnerabilidad y donde toda persona pueda desarrollar plenamente su proyecto de vida.
Gracias, Asturias, por haberme permitido hacer de tu futuro una causa. Gracias por convertir a aquel muchacho de la margen izquierda de Bilbao en uno más de los tuyos. Gracias por darme amor, casa, familia, pueblo y sentido.
Y gracias, sobre todo, porque al llamarme hijo no solo me habéis hecho inmensamente feliz. Me habéis recordado algo que quizá aquel muchacho tardó muchos años en comprender: que la mayor fortuna de una vida no consiste en llegar muy lejos, sino en amar tanto una tierra y a su gente que, un día, esa tierra decide responderte con la palabra más hermosa que conoce: casa.
Adolfo Rivas
Socio de Honor de Compromiso Asturias en 2022 y Director de la Fundación Vinjoy
