Blog

Artículo de Opinión | «Aprender haciendo en las universidades británicas», por Adrián Gordaliza

Varios aspectos que hacen únicos en Europa los estudios superiores en el Reino Unido

Tengo que admitir que he sido anglófilo desde una edad temprana. Esa anglofilia se ha ido matizando con el tiempo y sobre todo después de vivir y trabajar como profesor durante 20 años en Reino Unido. Sin embargo, hay varios aspectos que sigo admirando del país que me ha concedido un segundo pasaporte.

Uno de esos aspectos admirables es el tema de la educación y sus instituciones: escuelas públicas, privadas, internados, universidades, community colleges, etc. De hecho, en los recientes resultados PISA de 2026 los estudiantes británicos son de los pocos que han capeado el temporal de malos resultados y se mantienen relativamente estables, algo que ha sorprendido a muchos, incluyéndome a mí.

Lo que no resulta tan sorprendente es que, entre las diez mejores universidades de Europa, seis sean británicas, ya que continúan siendo el referente no solo europeo, sino mundial. Tal vez este dominio se deba a que las organizaciones evaluadoras de dichos rankings sean ellas mismas británicas (como QS World University Rankings y Times Higher Education), pero tampoco hay que olvidar que hay ciertas cosas que las hacen únicas en Europa a las universidades del Reino Unido.

Sistema de tutorías. El contacto entre profesores y alumnos es más directo, y reciben atención más personalizada en cuanto a los intereses del propio estudiante. El profesor actúa como un guía más que como un oráculo que tiene todas las respuestas.

Sistema de evaluación. En muchos casos, una parte importante de la nota final no viene de un examen general en el que hay que memorizar cientos de páginas de apuntes. Por el contrario, el alumno elegirá un tema en el que enfocarse y tendrá que ir aprendiendo a medida que va haciendo, siempre manteniendo estándares altos en el sistema de citación, referencia y evitando el gran pecado capital de la Universidad británica: el plagio. Copiar verbatim lo que otros han escrito y hacerlo pasar como propio es la mayor vergüenza que puede haber para un académico. Basta recordar el reciente y trágico episodio del profesor Jason Arday, que se suicidó en agosto de 2026, una vez salió a la luz que había copiado sin citar partes extensas de su trabajo.

Orientación práctica. En vez de formar estudiantes versados en teorías especulativas o disquisiciones historiográficas, la educación británica está muy orientada a la resolución de problemas prácticos puntuales. Es casi un cliché, pero no por ello menos cierto, que hay un grado de pragmatismo en las universidades del Reino Unido que las hace únicas.

Especialización temprana. Este es un tema controvertido ya que especializarse a una edad temprana supone abandonar otras asignaturas que pueden ser de interés. En el sistema de educación británico, los dos últimos años del Bachillerato (A levels) los estudiantes tan solo tienen tres (a lo sumo cuatro) asignaturas que han elegido previamente. Tampoco hay la estricta diferenciación entre humanidades y ciencias. Las combinaciones son muchas, y a veces resultan sorprendentes a quienes estamos acostumbrados al sistema continental. Hay estudiantes que combinan matemáticas y teología, teatro y física, economía y educación física.

Otro de los aspectos más interesantes del sistema educativo británico –aunque, en realidad, es de la sociedad británica en general– es el hecho de que lo que uno estudia en la Universidad no va a definir necesariamente su futuro laboral. He conocido personalmente muchos casos, como el de un hombre que había estudiado Teología en la Universidad y trabajaba como reclutador, para posteriormente reconvertirse en psicoterapeuta. O cómo olvidar a varios de mis estudiantes que, habiendo estudiado Clásicas en Cambridge, trabajaban como corredores de Bolsa en el Banco Santander.

Siempre me ha resultado admirable esa flexibilidad, esa capacidad de confiar en la inteligencia del individuo para realizar un trabajo sin tener que demostrar un título universitario. Esa idea revolucionaria de que no tienen que pasar cuatro años estudiando libros desfasados que nada tienen que ver con un trabajo actual y que se puede ir aprendiendo sobre la marcha. Si has podido conseguir un título universitario en una universidad decente, también puedes manejarte en la mayoría de trabajos de oficina de hoy en día, no hay que ser un genio para hablar con clientes, enviar correos electrónicos, interpretar datos y gráficos o escribir un informe.

Esto no quiere decir que no existan problemas y deficiencias (algunas graves) en el sistema de educación del Reino Unido. Al igual que en otros países, hay un número cada vez mayor de profesores que pierden su vocación inicial, en parte por la indisciplina de algunos alumnos, los ataques de los padres y la carga lectiva general. También, en algunas escuelas, la llegada masiva de estudiantes que no hablan bien el inglés genera problemas de integración y rendimiento. Y todo esto por no mencionar los costes de las matrículas universitarias. Una carrera universitaria de tres años para un estudiante británico puede costar fácilmente más de 65.000 euros si tenemos en cuenta gastos de alojamiento y comida. El precio para los estudiantes extranjeros se dispara aún más, llegando a duplicar, e incluso triplicar, estos costes.

En definitiva, hay aspectos de la sociedad y educación británica que podrían ser exportables a España, y por qué no comenzar esos cambios en Asturias.

Adrián Gordaliza Vega

Socio Colaborador de Compromiso Asturias

La Nueva España