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Artículo de Opinión | «Apología del amor respetuoso», por Adolfo Rivas

Compartimos el úitmo artículo de opinión de nuestro Socio de Honor (2022) Adolfo Rivas, donde nos acerca a las claves del Modelo de Intervención Socioeducativa Avanzada desarrollado por la Fudación Vinjoy, partner de Compromiso Asturias. A través de una profunda reflexión sobre la ética, la dignidad humana y el sentido de la acción comunitaria, Adolfo nos invita a repensar el acompañamiento social para situar el respeto y el compromiso con las personas en el centro. Un texto fundamental que pone en valor la innovación socioeducativa que se lidera desde nuestra región para construir una sociedad más cohesionada, humana y justa.

En un tiempo que confunde quererse con blindarse, reivindicar el amor —exigente, lúcido y respetuoso— no es una nostalgia: es una urgencia civilizatoria

Hablar de amor en estos tiempos resulta extraño. Para algunos, cursi. Para otros, antiguo. Para muchos, sospechoso. Vivimos en una época que prefiere palabras más asépticas: bienestar, autoestima, autocuidado, éxito personal. Se nos repite que debemos querernos más, protegernos más, priorizarnos más, incluso ser —con apariencia de madurez psicológica— un poco más egoístas.

Permítanme decirlo con claridad: convertida en consigna, esa idea es una solemne tontería buenista, superficial y profundamente empobrecedora. No porque el cuidado de uno mismo no sea necesario —lo es—, sino porque, cuando se separa del amor verdadero, del amor al otro y al mundo, degenera en narcisismo frágil. Un yo hipertrofiado que se protege tanto que acaba aislado. Un yo que confunde blindaje con fortaleza y termina sin energía para sostener nada que no sea inmediato. Autocuidarse no es encerrarse: es entrenarse para amar mejor sin romperse.

El amor -cuando es verdadero- no encierra: eleva. No anestesia: despierta. No sujeta: desata la vida. Y hace posible incluso lo que parecía imposible.

Pero hablar de amor exige precisión. Porque no todo lo que se llama amor lo es. Porque el amor ha sido rebajado a emoción pasajera, a eslogan motivacional o a coartada para no exigir. Por eso es urgente, hoy, una apología del amor respetuoso.

No del amor blando. No del amor complaciente. No del amor que evita el conflicto y huye del límite. Hablo del amor respetuoso: el que reconoce, sostiene, exige y libera. El que no invade ni abandona. El que no reduce al otro a objeto de cuidado ni lo deja solo con su fragilidad. El que acompaña sin poseer y exige sin humillar.

San Agustín lo expresó con una frase tan breve como peligrosa si no se comprende en profundidad: «Ama y haz lo que quieras». Mal leída, parece una invitación al relativismo. Bien entendida, es una de las afirmaciones morales más radicales de nuestra tradición. Agustín no dice: haz lo que quieras y llámalo amor. Dice exactamente lo contrario: ama bien, y entonces lo que hagas estará bien, porque nacerá de un corazón ordenado, de un ordo amoris. Cuando el amor está bien orientado, la acción deja de ser capricho y se convierte en bien.

Ahí está el núcleo: amar bien. No como consigna, sino como práctica diaria. Amar bien a uno mismo, sin idolatrarse ni despreciarse. Amar bien al otro, sin poseerlo, sin usarlo, sin reducirlo. Amar bien lo que hacemos —la obra propia y la ajena—, sin soberbia ni envidia. Amar bien el mundo que habitamos, no como recurso, sino como hogar compartido.

El amor respetuoso comienza siempre por una mirada. Una forma de mirar al otro sin reducirlo a etiqueta, diagnóstico, error o expediente. Una mirada que reconoce dignidad previa, potencial no realizado y misterio irreductible. Donde cambia la mirada, cambia el destino.

La filosofía lo supo antes que nosotros. Desde Platón, que entendió el amor como impulso de elevación, hasta Aristóteles, que lo pensó como amistad virtuosa orientada al bien común, pasando por Kant, que situó el respeto en el centro de la moral —no usar jamás al otro como medio—, el mensaje es constante. Y la psicología más honesta lo confirmó después: amar no es solo sentir; es saber, decidir y practicar. Es disciplina, responsabilidad y cuidado.

No hay crecimiento sin aceptación profunda, pero tampoco sin exigencia. Amar no es aprobarlo todo; es creer en el otro lo suficiente como para no rebajarlo. Precisamente porque ama, el amor respetuoso pone límites con sentido.

Las grandes tradiciones espirituales —en Oriente y en Occidente— coincidieron en lo esencial: amar no es absorber ni dominar, sino cuidar el orden de la vida. El budismo habló de compasión lúcida, no posesiva; el hinduismo entendió el amor como unidad con el todo; Confucio enseñó que amar es responsabilizarse de la armonía. En todas ellas, el amor auténtico no disuelve la responsabilidad: la intensifica.

El cristianismo, cuando no se trivializa, va aún más lejos. El amor evangélico no es blando ni evasivo: levanta al caído, pero también le dice “levántate y camina”. Como recordó Benedicto XVI, la caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo, y el sentimentalismo no salva. Y como insiste el papa Francisco, el amor auténtico es concreto, social, incómodo: no emoción privada, sino fuerza transformadora del mundo.

Y hay todavía una capa más honda. Cuando el amor es pleno, se abre a lo trascendente. No como evasión, sino como profundidad. Reconocer que el otro no es solo “alguien”, sino un misterio; que la dignidad no se negocia; que la vida no se agota en lo útil. Algunos a esa profundidad la llaman fe; otros, verdad, bien o conciencia. Pero siempre es lo mismo: una vertical que ordena el corazón y evita que el amor se convierta en técnica.

Conviene aclarar aquí una idea decisiva: el amor respetuoso no es valioso porque sea útil, eficaz o conveniente. Es valioso porque da sentido a todo lo que merece la pena ser hecho. No es un medio para un fin, ni siquiera un fin entre otros: es aquello que hace que los fines tengan sentido. El amor no vale porque transforme; transforma porque es verdadero.

Cuando esta concepción del amor se encarna en la acción social y comunitaria, ocurre algo decisivo: el amor deja de ser discurso y se convierte en método. Durante demasiado tiempo, la acción social ha oscilado entre dos extremos igualmente estériles: el asistencialismo que protege pero no libera, y el control tecnocrático que ordena pero no humaniza. En uno, la persona queda infantilizada; en el otro, reducida a caso o número. En ambos, la dignidad se diluye.

El Modelo de Intervención Socioeducativa Avanzada nace como evolución de ese recorrido histórico. No como ocurrencia teórica, sino como fruto de décadas de práctica real. Su núcleo es claro: situar el amor respetuoso en el centro, no como emoción, sino como principio generador de realidad. Un amor que estructura la relación educativa, orienta las decisiones, define los límites y sostiene los procesos.

Dicho sin rodeos: la intervención socioeducativa no es otra cosa que una forma adulta, organizada y responsable de amar.

Amar respetuosamente no debilita la acción social: la potencia. Porque el amor respetuoso es la energía más poderosa que existe. Más fuerte que el control, más duradera que el miedo, más fecunda que el dinero. Es la única capaz de sostener procesos largos sin quebrarse, de atravesar el conflicto sin destruir, de reconstruir personas sin negarlas.

Nada verdaderamente humano se ha construido nunca sin amor. Las grandes transformaciones no nacieron del cinismo ni del cálculo frío, sino de personas y comunidades capaces de amar lo suficiente como para no resignarse. Amar lo suficiente como para exigir. Amar lo suficiente como para esperar. Amar lo suficiente como para organizarse y perseverar.

El amor respetuoso no es una idea bella para tiempos tranquilos. Es también una fuerza histórica para tiempos difíciles. Una forma superior de inteligencia social. Una ética encarnada que convierte la acción socioeducativa en cuidado activo de lo común.

Quizá por eso, en un tiempo cansado de discursos y saturado de técnicas, volver a hablar de amor resulte tan incómodo como necesario. No para idealizarlo, sino para vivirlo mejor.

Tal vez no se trate de grandes gestas ni de palabras solemnes. Tal vez se trate, sencillamente, de atrevernos a amar mejor: en lo que hacemos, en cómo miramos, en cómo acompañamos, en cómo cuidamos. Porque, al final, más allá de ideologías, técnicas o sistemas, lo que queda —lo único que de verdad queda— es cómo hemos amado. Todo lo demás es circunstancia.

Adolfo Rivas

Socio de Honor de Compromiso Astuias en 2022 y Director de la Fundación Vinjoy

La Nueva España