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Artículo de Opinión | «El talento no se jubila», por Juan Rodríguez

Preparar nuestro retiro debería significar bastante más que calcular cuánto cobraremos de pensión. También deberíamos preguntarnos qué queremos hacer con nuestro tiempo, qué relaciones deseamos conservar y dónde vamos a seguir sintiéndonos útiles.

Hay un momento extraño en la vida profesional para el que creo que nadie nos prepara del todo. Un viernes alguien tiene horario, llamadas, reuniones, responsabilidades y personas que le preguntan qué haría ante determinado problema. El lunes siguiente está jubilado.

La persona es exactamente la misma. Sus conocimientos también. Su experiencia no ha desaparecido durante el fin de semana y, probablemente, nunca había acumulado tanto criterio profesional como en ese momento. Sin embargo, la sociedad acaba de cambiar radicalmente la forma de relacionarse con ella.

Siempre me ha llamado la atención esa frontera tan brusca.

Durante cuarenta años acumulamos conocimientos, contactos, errores, aciertos y algo que ninguna universidad puede enseñar completamente: experiencia. Aprendemos a distinguir lo urgente de lo importante, a reconocer problemas que ya hemos visto antes y, sobre todo, a saber qué decisiones no tomar. Y precisamente cuando hemos reunido todo ese patrimonio profesional, llega una fecha en el calendario que parece convertirlo de repente en pasado.

No estoy defendiendo que trabajemos hasta los ochenta años. Después de una larga carrera, jubilarse es un derecho y cada persona debería decidir libremente qué quiere hacer con su tiempo. Además, hay trabajos físicamente muy exigentes y personas que llegan al final de su vida laboral deseando, con toda legitimidad, no volver a mirar un correo electrónico o realizar tal o cual tarea.

Lo que cuestiono es otra cosa: que una sociedad que aspira a vivir noventa o cien años siga ofreciéndonos prácticamente dos únicas posibilidades. O trabajas o estás jubilado.

Entre ambas debería existir un territorio mucho más amplio.

En algunos de los países que he conocido empiezan a aparecer fórmulas de trabajo parcial, colaboración por proyectos, mentoría o transmisión de conocimientos entre generaciones. Me interesa especialmente esa última posibilidad porque continuar aportando no tiene por qué significar continuar trabajando como antes. Puede significar hacerlo de otra manera, con otros horarios y, sobre todo, con libertad para decidir cuándo, cuánto y cómo.

Una sociedad longeva no debería obligar a trabajar durante más años a quien no quiere hacerlo. Pero tampoco debería empujar fuera de la vida profesional y social a quien todavía tiene mucho que aportar.

 

Asturias podría convertir aquí una aparente debilidad demográfica en una fortaleza. En lugar de contemplar a una población longeva únicamente como destinataria futura de pensiones, sanidad o cuidados, podríamos empezar a verla también como una enorme reserva de experiencia disponible para la sociedad.

Una sociedad longeva no debería obligar a trabajar durante más años a quien no quiere hacerlo. Pero tampoco debería empujar fuera de la vida profesional y social a quien todavía tiene mucho que aportar.

Porque podemos jubilarnos de nuestro trabajo.

No deberíamos tener que jubilarnos también de sentirnos útiles.

Juan Rodríguez

Socio Colaborador de Compromiso Asturias

El Comercio