Singularidades de la educación infantil en Alemania y en España
Es la frase más repetida en nuestros parques infantiles. Abuelos y nietos compartimos ahí algunas horas para desahogo de la generación intermedia. Irremediablemente, los mayores meditamos y observamos sonrientes el entorno mientras empujamos el columpio. Yo tengo el placer fijo discontinuo de disfrutar de esa entrañable misión en los parques españoles y alemanes, de observar –aquí y allí– el comportamiento de progenitores con su progenie. Expongo algunas diferencias.
No descubro nada nuevo al señalar algunas singularidades emocionales o de la educación infantil en Alemania y en España. Unas prácticas en la crianza que reflejan dos visiones culturales distintas sobre la independencia, la comunidad, el clima afectivo y la autonomía personal desde los primeros años de vida.
La autonomía del niño es el pilar central de la educación alemana. Desde muy pequeños se fomenta que resuelvan sus conflictos menores entre ellos, que aprendan a vestirse solos, coman sin asistencia y exploren su entorno de forma independiente. Les ponen con 18 meses la mochila y aprenden pronto a lidiar con las consecuencias de sus actos sin la intervención inmediata de un adulto. Y, sobre todo, que la solución a sus dilemas cotidianos depende de sus propios recursos.
En España, percibo una crianza más orientada a la protección, la cercanía afectiva y la integración en el grupo familiar. Por lo general, vigilamos muy de cerca al niño en todo momento, lo que proporciona una fuerte red de seguridad emocional, aunque a menudo prorroga la dependencia en tareas cotidianas en comparación con el patrón alemán. Nuestros sentimientos se expresan con una intensidad y calidez mucho más visibles, con contacto físico: abrazos, besos, expresiones efusivas de afecto o desaprobación en público. Nuestro ambiente familiar suele ser muy comunicativo y tolerante con el bullicio o la expresión abierta, como el llanto o la rabieta en un espacio público.
Alemania es el paraíso de la autorregulación emocional. La calma y la contención se aprenden pronto de manera implícita. El afecto y el apoyo se demuestran mediante la presencia y el respaldo verbal más que por contacto físico en público. Una cultura de la contención en espacios comunes, lo que lleva a los padres a canalizar las emociones de los niños a través del diálogo estructurado más que desde la efusividad.
Aquí, aunque las actividades al aire libre son habituales, el uso del espacio público está más ligado a la socialización en plazas, parques y terrazas en comunidad con la familia extensa. Existe una mayor cautela por parte de los padres hacia el frío, la lluvia o que el niño se ensucie. Lo que más me admira de los alemanes es esa vinculación con el medio natural que han convertido en un pilar pedagógico fundamental. Es rara la semana que mis tres nietos no visitan el bosque, aunque truene. Suelen decir: «No hay mal tiempo, solo ropa inadecuada». Los niños salen a diario a jugar independientemente de la lluvia, el barro o la nieve, lo que promueve una alta tolerancia a la incomodidad física y estimula la autorregulación. Es la faceta que más nos sorprende a los latinos.
El concepto de riesgo que tenemos en ambas culturas queda claro desde las más tempranas experiencias. En Alemania, se permite que los niños suban a árboles altos, utilicen en la guardería herramientas reales (como cuchillos de madera o tijeras puntiagudas) o usen solos con 8 años la bicicleta para ir al colegio. Se considera que experimentar el peligro controlado (para nervios del abuelo) desarrolla la resiliencia y la evaluación propia del riesgo. En ocasiones, el niño soporta una mayor exigencia de madurez temprana o siente una menor «red de contención» si atraviesa momentos de frustración.
Pienso que nosotros tenemos un modelo de prevención del riesgo más supervisado por el adulto, cuyo mejor ejemplo es el título de esta tribuna, priorizando evitar el daño frente a la prueba del límite. Entiendo que no es mejor ni peor, sino una diferencia cultural. Aquí, el papel de los abuelos añade otra diferencia estructural, aunque más marcada entre Alemania y España, donde los abuelos actuamos frecuentemente como un soporte imprescindible para la conciliación laboral de los padres. Algunos de mis colegas asturianos se encargan diariamente de llevar o recoger a los nietos del colegio o darles de comer, cuidarlos durante las vacaciones escolares o cuando están enfermos. Se trata de una presencia integrada en la logística familiar cotidiana. En Alemania, los abuelos suelen intervenir de forma puntual, como visita agendada, pues la movilidad laboral y la valoración de la independencia individual hacen que allí sea muy común vivir en ciudades o estados diferentes de hijos y nietos. Las visitas suelen planificarse con antelación y la cotidianidad compartida es mucho menor.
Aquí, es (¿era?) muy común la convivencia intergeneracional indirecta (comidas familiares de fin de semana con abuelos, tíos y primos) o incluso directa en el mismo hogar. Esto fomenta una relación de cercanía física constante y afectiva, tan importante en la cultura mediterránea. Nuestra presencia crea un ambiente emocional particular, donde el niño crece interactuando con estilos de autoridad diferentes (los padres imponen unas reglas que los abuelos cumplimos con indulgencia). Me parece muy útil que aprendan a navegar entre la diversidad de caracteres, a negociar límites y adaptarse a distintos contextos sociales. Los güelos españoles nos dejamos engañar bastante bien, aunque quizás practicamos una asistencia en tareas cotidianas que, en exceso, puede retrasar la adquisición de hábitos de independencia.
Las generalizaciones sociológicas que he apuntado no son gratuitas, por mucho que la preciosa construcción europea las esté diluyendo. Varios científicos y académicos de renombre mundial han estudiado estas dinámicas ¡Qué cosas descubrimos en los columpios! Las diferencias en los modelos de crianza entre el norte (fundamentalmente, Alemania o los países escandinavos) y el sur (como España o Italia) no desaparecen en la infancia: moldean patrones culturales, emocionales y relacionales que se consolidan en la edad adulta. Ahí empieza todo: en el parque.
Antonio Arias
Coordinador del Think Tank Educación y socio solaborador de Compromiso Asturias
