Compartimos el último artículo de opinión de nuestro Socio de Honor (2022) Adolfo Rivas, quien nos ofrece una profunda reflexión sobre la gratitud como fuerza transformadora para el bienestar personal y la cohesión comunitaria.
En Compromiso Asturias, donde trabajamos para aportar valor, conectar el talento y construir un futuro próspero para nuestra región, este mensaje cobra un significado especial. Agradecer —como nos recuerda Adolfo — no es una actitud pasiva, sino una disciplina de la atención que humaniza la convivencia, fomenta la cooperación y nos enseña a reconocer lo valioso que ya nos sostiene. Recordemos que el progreso de Asturias también se construye valorando, cuidando y multiplicando el bien que aportamos entre todos
Una manera rápida de mejorar el bienestar psicológico
Vivimos en un tiempo extraño: nunca hubo tantas cosas al alcance y, sin embargo, nunca pareció tan difícil reconocer lo que ya sostiene la vida. La comparación constante ha sustituido al asombro. La prisa ha expulsado a la contemplación. Lo inmediato se ha impuesto a lo importante. Y en medio de ese ruido, agradecer parece un gesto menor, casi ingenuo, como si la gratitud fuera una cortesía blanda para almas conformistas o una forma elegante de resignación. Pero no lo es.
Agradecer no es cerrar los ojos ante lo que falta. Es negarse a volverse ciego ante lo que ya existe. No es una renuncia a la crítica ni una anestesia del dolor. Es una forma de mirar con más verdad. Porque quien agradece no niega la herida del mundo; simplemente se resiste a permitir que esa herida le robe también la capacidad de reconocer el bien.
La ciencia –esa que a veces parece fría– también ha terminado por confirmarlo. La gratitud mejora el bienestar psicológico, reduce el estrés, favorece el descanso, fortalece vínculos y deja huella en los circuitos asociados a la alegría, la empatía y la confianza. Pero aun siendo importante, ese no es su valor más alto. La gratitud no importa solo porque nos haga sentir mejor. Importa porque nos hace mirar mejor. Y mirar mejor cambia la vida.
Agradecer no es un detalle moral decorativo. Es una disciplina de la atención. Una forma de orientar la conciencia hacia aquello que sostiene, acompaña, nutre y permanece. Es recordar que casi nada de lo valioso ha sido producido solo por nosotros. Que vivimos sostenidos por cuidados, esfuerzos, herencias, trabajos invisibles, presencias fieles y bienes que no fabricamos con nuestras manos, pero sin los cuales no podríamos ser quienes somos.
Quien no sabe agradecer acaba viviendo como si todo le fuera debido y nada le hubiera sido dado. Y ese modo de estar en el mundo empobrece. Endurece la mirada, debilita los vínculos y convierte la existencia en una contabilidad infinita de agravios, comparaciones y carencias. La queja constante, incluso cuando tiene parte de razón, termina deformando la sensibilidad. Hace más difícil la alegría, más improbable la cooperación y más árido el corazón.
Por eso la gratitud no es una emoción blanda sino una forma de inteligencia moral. Nos ayuda a distinguir entre lo que falta y lo que sostiene. Nos libra del victimismo sin volvernos ciegos al sufrimiento. Nos permite reclamar justicia sin hacerlo desde el resentimiento. Porque una cosa es luchar por lo que debe cambiar, y otra muy distinta vivir incapacitados para reconocer lo que ya merece gratitud.
Agradecer tampoco significa negar el dolor. Significa no concederle todo el territorio. Hay heridas que duelen de verdad, pérdidas que parten la vida, injusticias que claman reparación. Pero incluso en medio de ellas puede seguir habiendo algo digno de reconocimiento: una mano que no se retiró, una palabra que sostuvo, una presencia que permaneció, una fuerza interior que no sabíamos que teníamos, una posibilidad de comprender, de crecer o de acompañar mejor. Agradecer no elimina el sufrimiento, pero impide que el sufrimiento nos clausure por dentro.
La gratitud, además, no aparece sola. No es puro instinto. Es cultura emocional, aprendizaje moral, ejercicio interior. Igual que nadie fortalece el cuerpo sin entrenarlo, nadie fortalece la mirada agradecida sin practicarla. Por eso educar en la gratitud es una tarea seria. No consiste en enseñar modales ni en obligar a decir «gracias» de forma automática. Consiste en educar la atención, afinar la sensibilidad y enseñar a reconocer el bien para poder corresponderlo.
Y esa tarea importa mucho más de lo que parece. Si queremos dejar a nuestros hijos algo valioso, enseñémosles a agradecer. A mirar lo que otros hacen posible. A reconocer lo recibido sin convertirlo en costumbre muda. A no vivir como acreedores permanentes del mundo. Porque quien aprende a reconocer el bien en lo cotidiano aprende también a construirlo. Y quien sabe agradecer se vuelve más capaz de cuidar, de compartir y de sostener.
La gratuidad nace justamente ahí. Cuando la gratitud madura, dar deja de vivirse como pérdida y empieza a experimentarse como una forma natural de corresponder a la vida. Compartir sin esperar nada a cambio no es ingenuidad: es una forma alta de madurez. Es comprender que el bienestar más profundo no proviene solo de acumular, sino también de ofrecer; no solo de recibir, sino de participar en el bien que hace habitable el mundo.
Por eso, en la familia, en la escuela, en la comunidad y en la vida pública, la gratitud no es un gesto accesorio. Es una forma de humanizar la convivencia. Reduce la dureza, modera la queja, multiplica la cooperación y devuelve densidad a la alegría. Nos recuerda que no todo está perdido, que no todo depende de nosotros, y que incluso en tiempos difíciles sigue habiendo algo que merece ser reconocido, celebrado y cuidado.
Agradecer es detener el reloj para mirar el milagro de lo que aún permanece. Es resistirse a que la prisa, la queja y la comparación nos roben el vínculo con lo esencial. Es vivir despiertos. Y una sociedad que pierde esa capacidad no solo se vuelve más ingrata: se vuelve más dura, más ciega y más injusta.
Por eso agradecer no es un gesto pequeño. Es una forma de libertad. Una forma de verdad. Una forma de seguir vivos por dentro.
Adolfo Rivas
Socio de Honor de Compromiso Astuias en 2022 y Director de la Fundación Vinjoy
