Asturias debería dejar de verse como una región envejecida para empezar a verse como una región adelantada. Estamos viviendo hoy muchos de los cambios demográficos que otros territorios europeos afrontarán dentro de quince o veinte años.
Hay una escena que se repite cada día en cualquier pueblo o ciudad de Asturias y a la que apenas prestamos atención. Una persona de ochenta y cinco años sale de casa con una bolsa de la compra en la mano, cruza despacio un paso de peatones, entra en la farmacia, conversa unos minutos con quien la atiende y continúa caminando hasta su domicilio. Vive sola, organiza su día y decide cuándo sale y cuándo vuelve. Nadie se detiene a pensar que esa escena encierra uno de los mayores logros que puede alcanzar un ser humano: conservar su autonomía.
A pocos metros puede vivir alguien veinte años más joven que necesita ayuda para levantarse de una silla o subir un tramo de escaleras. Naturalmente, hay enfermedades o accidentes que pueden condicionar esa situación; pero cuando observo escenas como estas, siempre llego a la misma conclusión: la diferencia más importante entre ambas personas no es la edad. Es la autonomía que todavía conservan para decidir cómo quieren vivir cada día.
Después de muchos años estudiando la demografía y observando cómo envejecen sociedades tan distintas como Japón, España, Colombia, Portugal, Chile, Estados Unidos o México, he llegado a una conclusión que comparto con más convicción cada año: la autonomía es el verdadero patrimonio de una sociedad longeva. Sin embargo, seguimos hablando del envejecimiento casi exclusivamente como un problema sanitario. Nos preocupan las enfermedades, la dependencia o los cuidados, y es lógico que así sea, pero creo que esa mirada resulta incompleta.
La verdadera pregunta no es cuántos años vamos a vivir. La pregunta que debería preocuparnos es durante cuántos de esos años podremos seguir decidiendo cómo queremos vivir.
En ese punto, la ciencia lleva tiempo ofreciéndonos respuestas muy claras. Muchos estudios médicos coinciden en que la fuerza muscular, el equilibrio, la capacidad cardiorrespiratoria, la actividad intelectual y las relaciones sociales predicen mejor nuestra independencia futura que muchas pruebas médicas convencionales. Pero las investigaciones más recientes han añadido un matiz especialmente revelador: no basta con conservar músculo, también es fundamental conservar la capacidad de reaccionar con rapidez.
Los especialistas llaman a esa capacidad potencia muscular, y hoy sabemos que puede predecir mejor que la propia fuerza quién tendrá más riesgo de sufrir una caída, una fractura o una pérdida acelerada de autonomía. Puede parecer un concepto reservado a los expertos, pero sus consecuencias son profundamente cotidianas. Y conviene aclarar algo importante. Cuando hablo de entrenar no estoy pensando únicamente en levantar pesas o en pasar horas en un gimnasio. También hablo de caminar todos los días a buen ritmo, cuidar un huerto, trabajar en el jardín, subir escaleras en lugar de coger siempre el ascensor, pasear con nuestro perro o mantener una vida físicamente activa. Lo importante no es dónde movemos el cuerpo, sino no dejar de utilizarlo.
No entrenamos para presumir de fuerza; entrenamos para poder reaccionar cuando tropezamos en una acera, levantarnos del suelo sin ayuda, seguir viajando, abrir un bote de cristal o permanecer el mayor tiempo posible en nuestra propia casa.
Recurrentemente me preguntan cuál es el mayor descubrimiento que ha traído la ciencia de la longevidad en los últimos años. Mi respuesta suele sorprender porque no tiene que ver con un medicamento revolucionario ni con una tecnología futurista. Tiene que ver con algo mucho más esperanzador: la autonomía.
Porque la dependencia no aparece de golpe el día que cumplimos ochenta y cinco años. Se va construyendo, o evitando, con las decisiones que tomamos cuando tenemos cuarenta, cincuenta o sesenta. Durante demasiado tiempo hemos pensado que la dependencia era una consecuencia inevitable de cumplir años. Hoy sabemos que esa idea es, sencillamente, falsa. Esa es, probablemente, la mejor noticia que nos ofrece el conocimiento científico: una parte importante de nuestro futuro sigue dependiendo de nosotros.
Con frecuencia creemos que una sociedad longeva se mide por el número de residencias de adultos mayores que construye. Yo creo que debería medirse por el número de personas que llegan a los ochenta años pudiendo seguir haciendo una vida normal. Esa es, en mi opinión, la verdadera riqueza de una sociedad longeva y también uno de los grandes retos que tenemos por delante en Asturias.
Llevo tiempo defendiendo que Asturias debería dejar de verse como una región envejecida para empezar a verse como una región adelantada. Estamos viviendo hoy muchos de los cambios demográficos que otros territorios europeos afrontarán dentro de quince o veinte años. Si sabemos observarlos, aprender de ellos y desarrollar soluciones útiles, podremos convertir ese conocimiento en una ventaja para nuestra sociedad y también para nuestra economía.
Resulta curioso que dediquemos tanto esfuerzo a preparar nuestra jubilación económica y tan poco a preparar nuestra jubilación física y mental. Ahorramos para el futuro, protegemos nuestro patrimonio y planificamos nuestros ingresos, pero con demasiada frecuencia olvidamos construir el patrimonio que hará posible disfrutar de todo lo anterior: un cuerpo capaz de responder y una mente que conserve la curiosidad, la ilusión y las ganas de seguir participando en la vida.
Con el paso de los años he terminado pensando que la mejor inversión de futuro que podemos hacer para nosotros mismos, y la mejor herencia en vida que podemos dejar a nuestros hijos, no es una cuenta corriente más abultada, sino la tranquilidad de poder decirles, cuando cumplamos ochenta y cinco años: «No os preocupéis por mí. Todavía puedo valerme por mí mismo». Esa frase vale mucho más de lo que cuesta conseguirla.
Porque cuidar de nuestra autonomía también es una forma de cuidar de quienes nos quieren. Después de estudiar durante años cómo envejecen las sociedades, creo que la longevidad no debería medirse únicamente por los años que añadimos a la vida, sino por la vida que conseguimos añadir a esos años.
Quizá esa sea la verdadera revolución demográfica que tenemos delante. Y quizá también la conversación más importante que deberíamos empezar a tener en Asturias.

Juan Rodríguez