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Artículo de Opinión | «El billete de vuelta a Asturias se escribe en código», Marina Dáder

La expulsión de talento cualificado de la región

Hay una pregunta que en Asturias se hace con cariño y se recibe con una mezcla extraña de orgullo y condena. «¿Y tú cuándo te vas?». Los datos revelan una contradicción sobre esa pregunta. Los asturianos son, según el último barómetro nacional sobre fuga de talento, quienes menos se han planteado emigrar de toda España. Y aun así, somos una de las comunidades que más jóvenes cualificados expulsa cada año. No nos vamos porque queramos. Nos vamos porque el sueldo no llega, porque el puesto que estudiamos no existe aquí, porque el proyecto que nos ilusiona está en otro mapa. Esa pregunta aparece en las comidas familiares, en las graduaciones, en los cafés de despedida, en los pasillos de la universidad. No siempre suena igual. A veces parece consejo. A veces advertencia. A veces una forma resignada de decir que aquí, para llegar lejos, primero hay que marcharse.

Durante años hemos aceptado esa frase como si fuera una ley natural. El talento joven hacía la maleta, cruzaba el Negrón, cogía un tren, un avión, una habitación compartida en Madrid o una oportunidad en Europa. Asturias lo despedía con pena y con orgullo. Pena por perderlo. Orgullo por haberlo formado. Pero una región no puede convertir la despedida en costumbre. Los jóvenes no rechazan Asturias. Asturias todavía no les ofrece un empleo, un sueldo y un proyecto profesional a la altura de su formación. No basta con pedir retorno desde la nostalgia, desde el paisaje o desde esa palabra tan nuestra que sirve para casi todo, la tierrina. «La tierrina emociona, pero no firma contratos. El arraigo consuela, pero no financia laboratorios. La calidad de vida importa, pero no sustituye un proyecto profesional». La pregunta que de verdad importa no es si quieren irse. Es por qué tantas veces sienten que quedarse significa bajar el listón por perder oportunidades. La inteligencia artificial no va a resolver por sí sola la fuga de talento. Sería ingenuo creerlo. Ningún algoritmo compensa salarios bajos, precariedad, falta de inversión o un tejido empresarial incapaz de absorber conocimiento. Ningún modelo predictivo arregla por arte de magia la escasez de oportunidades cualificadas. La tecnología no sustituye a la política, ni a la empresa, ni a la universidad, ni a la ambición colectiva. Pero sí cambia una regla que Asturias no debería seguir aceptando, que para trabajar en proyectos ambiciosos haya que irse siempre fuera. Las propias empresas asturianas lo admiten. El último Barómetro de Necesidades de Talento, presentado por Compromiso Asturias, confirma que la fuga continúa por diferencias salariales y de expectativas, mientras la región reclama posicionarse como un polo profesional competitivo.

Durante mucho tiempo, trabajar en la frontera del conocimiento exigía estar cerca de los grandes centros de decisión. Había que ir donde estaban las sedes, los laboratorios, los fondos, las empresas, los equipos. La geografía pesaba como una puerta cerrada. Hoy, la economía del dato, la investigación digital, los modelos de inteligencia artificial y la hiperconectividad han abierto una grieta en esa vieja regla. Ya no todo ocurre en un despacho de Madrid, en una oficina de Londres o en un campus de Silicon Valley. Parte del valor se crea allí donde alguien sabe formular un problema, entrenar un modelo, interpretar datos, diseñar una solución y convertir conocimiento en producto, servicio o decisión. Eso puede hacerse desde Asturias. No hace falta copiar el modelo de California para entender la lección. No fue el clima lo que convirtió un valle en el centro del mundo digital, fue la decisión de concentrar allí universidad, capital y talento hasta que dejaron de necesitar irse a ningún sitio. Asturias tiene la universidad. Tiene el talento. Le falta decidir que también quiere el resto. Pero nada de eso ocurrirá solo porque tengamos fibra, paisaje, resignación y ganas. La oportunidad no consiste en que nuestros jóvenes teletrabajen desde Gijón para empresas que piensan, facturan y deciden fuera.

Eso puede ayudar a muchas vidas individuales, pero no basta para transformar una región. La oportunidad verdadera consiste en crear aquí valor propio, no solo desde Asturias, sino para Asturias. Que los datos no solo pasen por servidores ubicados en Asturias, sino por cabezas formadas en Asturias. Que las infraestructuras no sean escaparates vacíos. Que la Universidad de Oviedo, los grupos de investigación, las startups y las empresas locales formen parte de una misma conversación. Que el talento no tenga que escoger entre querer a su tierra o trabajar en proyectos exigentes. Porque esa elección es injusta además de empobrecedora. Asturias ha sido muchas veces tierra de esfuerzo, de industria, de conocimiento práctico, de generaciones que levantaron futuro con las manos. Ahora el futuro también se levanta con código, con datos, con ciencia, con empresas capaces de arriesgar y con instituciones capaces de no llegar tarde. Cambiar el carbón por algoritmos sería simplificar demasiado. La riqueza de esta nueva economía no está solo en alojar máquinas, sino en formar personas capaces de darles sentido. Ahí nos jugamos algo más que empleo. Nos jugamos una cultura. Durante demasiado tiempo hemos transmitido a los jóvenes una idea peligrosa. Si te quedas, te conformas; si te vas, triunfas. Esa frase ha hecho más daño que muchas crisis. Ha convertido la ambición en distancia. Ha hecho que volver parezca una retirada y quedarse, una explicación justificativa a ser dada. Pero quedarse también puede ser una forma de ambición. Volver también puede ser una decisión valiente.

Construir desde casa no debería significar renunciar al mundo, sino demostrar que Asturias también puede formar parte de él. Para eso hacen falta oportunidades reales. Empleos cualificados. Empresas que no teman contratar talento joven. Capital que entienda el riesgo. Universidad conectada con la sociedad. Administración que facilite sin ahogar. Cultura emprendedora. Y una conversación pública menos acostumbrada a lamentarse por lo que se va que a diseñar razones para que merezca la pena quedarse. La próxima vez que alguien pregunte «¿y tú cuándo te vas?», la respuesta ya no debería ser una fecha. Debería ser otra pregunta, dirigida a quien la hace. ¿Qué estás dispuesto a construir tú para que yo no tenga que irme? El billete de vuelta a Asturias no se comprará con nostalgia. Se comprará con salarios, con laboratorios, con empresas que se atrevan a contratar a quien acaba de llegar.