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Entrevista | «En lo social se están haciendo muchas cosas a pulmón, a base de sacrificio y voluntariado», Adolfo Rivas, director de la Fundación Vinjoy

«Si tenemos un niño en nuestra tierra, tenemos que acompañarlo y cuidarlo, Haya nacido aquí o un poco más lejos; no se trata de decir si acogemos o no: acogemos, por supuesto, pero bien»

El director de la Fundación Vinjoy, Adolfo Rivas (Baracaldo, 1963), repasa, cuando cumple 45 años de trayectoria, una vida dedicada a la intervención social. Defiende un modelo basado en la dignidad, la exigencia y el acompañamiento, y advierte de que España no dedica al ámbito social los recursos que necesita.

–Más de 45 años dedicado a la acción social y socioeducativa. ¿En qué momento entendió que ese iba a ser su camino?

–No sé si fue fruto de una decisión o si la vida me fue conduciendo. Yo era un chico de barrio en Bilbao, tenía cierto estatus en la calle porque mi pandilla era poderosa y yo la lideraba. En un momento dado, algunos padres empezaron a acercarse a mí para que mediara en problemas graves que tenían con sus hijos. Yo tenía 17 años. Esos jóvenes fueron mi primera escuela. Y aquello, además, hizo que volviera a querer estudiar. Tuve la suerte de encontrar profesores que me dieron otra oportunidad. Ahí aprendí también que la escuela y el instituto pueden ser agentes de inclusión, de ayuda y de acompañamiento, o puertas que se cierran y no se abren.

–¿Cómo era aquel Bilbao?

–Era el momento duro de la droga, de las pandillas juveniles organizadas. Era un tiempo complejo, pero también muy vivo, muy rico, lleno de posibilidades, con mucha fuerza. Y cuando hay energía y fuerza, todo es posible. Creo que hicimos muchas cosas posibles.

–Llegó a Asturias en 1989. ¿Cómo se produjo ese cambio?

–Me dolió marchar del País Vasco porque fui absolutamente feliz allí. Pero por tranquilidad de mis padres, y también por la situación política de aquel momento, pensé en marcharme. Me pregunté: “¿A dónde puedo ir que sea parecido a esto?”. Pensé que el lugar más parecido al País Vasco era Asturias. Luego resultó que no, que hay una diferencia enorme, abismal. Durante mucho tiempo mantuve una especie de doble nacionalidad sentimental. Ahora soy asturiano. Asturias me acogió, me cuidó y me atendió. Todo lo que pueda hacer por Asturias siempre va a ser poco.

–¿Cuál diría que ha sido la mayor transformación que ha impulsado la Fundación Vinjoy?

–No son las cosas que hemos hecho, ni el número de centros, ni la acumulación de casos. Hemos creado atención temprana para personas sordas, la Escuela Nacional de Audiología Protésica para gente que pierde audición, el Instituto Superior de Lengua de Signos para formar profesionales, recursos para que las personas sordas tuvieran menos desventajas que las personas oyentes. Pero la mayor contribución no es esa. Es haber puesto encima de la mesa un modelo que demuestra que las cosas se pueden hacer de otra manera y que funciona. Nos hemos convertido en un laboratorio: lo hemos aplicado a realidades educativas, sanitarias, laborales, sociales y empresariales. Y funciona.

–¿Cómo describiría ese modelo?

–Es un modelo paradigmático, no metodológico. La mayoría de los modelos dicen cómo hacer las cosas, qué camino seguir. Un modelo paradigmático plantea desde dónde miramos. Y en esa atalaya hay un elemento fundamental: el reconocimiento de la dignidad de la persona. Nosotros no somos quién para dar ni quitar dignidad a nadie, pero sí podemos reconocerla o no. Yo entiendo que los mejores educadores tienen que estar en el mundo social. Y ahora, como no somos competitivos económicamente y estamos maltratados, muchos acaban yéndose al sistema. Me da mucha pena perder activos valiosísimos en las situaciones más complejas.

–¿Se trata a los educadores sociales como profesionales de segunda?

–Sí, y eso es muy grave, porque implica que se entiende que las personas con las que trabajan son personas de segunda. Cuando las personas más vulnerables y frágiles de nuestra sociedad son consideradas de segunda y únicamente necesitan asistencia o apoyo, estamos cometiendo un pecado colectivo.

–Ha dicho que lo social no puede ser un complemento.

–Lo social no puede ser un florero. Muchas veces se entiende así: pones lo social en tu entorno y queda bien, como un jarrón en una habitación. Pero el florero no cambia la habitación. Lo social tiene que ser estructural, no coyuntural. Tiene que ser esencia comunitaria. Tiene potencialidad para aportar salud comunitaria a cualquier sociedad. Y la necesitamos para afrontar los retos que vienen: tecnológicos, ambientales, sanitarios y sociales.

–Trabajan con realidades muy duras. ¿Cómo se evita llevárselo todo a casa?

–Tengo muchísima suerte, y no es mérito mío: tengo compañeros impresionantes. Cuando encuentras gente que se pone a recorrer el camino contigo, que va a tu lado y que es extraordinaria, eso cambia mucho las cosas. Yo amo mucho, quiero a la gente. Y cuando quieres a alguien, te duele la injusticia. Lo malo no es poder hacer algo; lo malo es no poder hacer nada. Poder hacer algo, aunque sea poco, es una suerte.

–¿La Administración acompaña como debería?

–Creo mucho en la sociedad civil, pero la relación entre sociedad civil y Administración a veces está viciada. Hay una parte de la sociedad civil que delega en la Administración cosas que no son delegables. La solidaridad y la justicia no se pueden delegar. Y la Administración a veces entiende que las organizaciones sociales son sus contratadas. Muchas asumen ese papel porque posiblemente se viva mejor, pero para eso montas una empresa. Si quieres ser una organización social, sé una organización social: genera discurso, sé compleja, cuestiona las cosas y colabora desde el respeto.

–¿Y existen las herramientas adecuadas?

–Hay políticos que se dan cuenta de que hace falta más acción social, pero falta voluntad, faltan recursos y falta visión a largo plazo. En lo social se están haciendo muchas cosas a pulmón, a base de sacrificio y voluntariado. Un país como España, con los problemas de cohesión social que tiene, necesita muchísimos más recursos para el mundo social.

–En temas de conducta, ¿se están encontrando nuevos problemas derivados de la tecnología y las redes sociales?

–Sí, pero tampoco son tan nuevos en el fondo. Son más nuevos en las formas. Estamos dando vueltas a las mismas realidades, aunque el escenario haya cambiado. En este escenario tendremos que hacer otras preguntas y dar otras respuestas.

–Desde la pandemia se habla mucho más de salud mental juvenil. ¿Qué diagnóstico hace?

–Hay enfermedad mental y hay malestar emocional, que hay que abordar de otra manera y escapando mucho de las etiquetas. Tú ponle una etiqueta a alguien y no se la quita; son muy peligrosas. La pandemia hizo muchísimo daño. Hubo colectivos, entre ellos la juventud, que se tuvieron muy poco en cuenta.

–¿Cómo ve a los jóvenes?

–Soy profesor de Educación Social y me encuentro con jóvenes magníficos. Sigo dando clase porque es uno de los lujos que me permito. Tienen ganas, hambre de hacer cosas. Cuando veo su fragilidad, siento que como sociedad adulta somos culpables de que no tengan más recursos. Muchas veces se les ha querido facilitar tanto las cosas que se ha impedido que desarrollaran herramientas personales para afrontarlas. No creo que haya mala intención, pero somos más frágiles.

—¿En qué proyectos están trabajando ahora?

—Estamos intentando crear una titulación oficial que recoja nuestra forma de hacer: intervención socioeducativa avanzada. Estamos avanzando también en llevar la intervención socioeducativa al mundo de la justicia y queremos llevarla al mundo de la educación. También estamos empezando en lo sanitario y dando pasos en lo laboral.

–¿Piensa ya en el relevo?

–Tengo 63 años y no pienso jubilarme a los 65, sino a los 67. Entonces cumpliré 50 años de intervención social ininterrumpida y en primera línea, en situaciones complejas. Pero el tiempo pasa muy rápido. El reto ahora es que haya personas en la Fundación que cojan la responsabilidad de continuar. Y continuar no es mantener lo que tenemos, sino hacer que cumpla su misión.

–¿Cuál es entonces el reto de la Fundación?

–Tener 4.000 o 5.000 personas acompañadas en vez de 3.000 no es un reto. Aceptar propuestas de Andalucía, País Vasco, Cataluña o Galicia para hacer proyectos allí sería un fracaso. Nosotros somos Asturias y hacemos intervención en Asturias. Es una opción consciente, porque en otros sitios nos ofrecen mucho más. Pero Asturias merece que haya personas y organizaciones que la apoyen de forma radical y asumiendo el coste.

–Y, al mismo tiempo, quieren extender su modelo fuera.

–Sí, especialmente en Iberoamérica. El convenio con la Organización de Estados Iberoamericanos es muy importante, igual que la actuación con el Consejo de Empresarios Iberoamericanos. También estamos elaborando materiales, libros y contenidos para poner encima de la mesa conocimiento y experiencia. No hablamos solo de discurso: podemos mostrar cómo en la práctica, desde un sitio como Asturias y con pocos recursos, se han hecho realidad muchas cosas.

–¿Qué legado le gustaría dejar?

–Creo mucho en la coherencia. Me gustaría que se entendiera que hay espacios en los que nos podemos encontrar todos. En el niño o la niña que está en una situación complicada podemos encontrarnos todos, venga cada uno de donde venga. Una sociedad sana la tenemos que construir entre todos, sin muros. Y en este momento no estamos yendo en esa dirección.

–¿Cómo ve la crispación alrededor de los menores migrantes no acompañados?

–Si tenemos un niño en nuestra tierra, tenemos que acompañarlo y cuidarlo. Haya nacido aquí o un poco más lejos. No es menos niño ni menos vulnerable porque haya nacido en otro sitio, tenga otro color o hable otra lengua. Cuando está aquí, es nuestro niño. Pero tenemos que hacerlo bien. No desde el paternalismo, sino desde la exigencia. Tiene derecho a ser uno más y a contribuir a que nuestra sociedad sea mejor con su presencia y con su trabajo. No se trata de decir si acogemos o no. Acogemos, por supuesto, pero bien.

Adolfo Rivas

Socio de Honor de Compromiso Asturias y director de la Fundación Vinjoy

La Nueva España