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Artículo de Opinión | «Una visión desde el otro lado del Guadarrama», por Carlos Farpón, joven asturiano consultor en Madrid

La opinión del joven consultor Carlos Farpón sobre los jóvenes asturianos en Madrid

No hace tanto tiempo de cuando mi amigo Alfredo F. y yo nos tratábamos de convencer mutuamente, durante nuestras tardes de estudio en la biblioteca de Derecho, de que nuestra frontera estaría siempre en el Pajares. Sin embargo, paradojas de la vida, y pese a que nuestras carreras transcurrieron por caminos distintos, ambas acabaron desembocando irremediablemente en la Corte -que fue también checa-, como las de tantos otros.

Demasiado asfalto. Por la Gran Vía circula la prisa. Las personas marchan aglomeradas, pero, a la vez, en soledad; y abruma pensar en la otra muchedumbre que deambula simultáneamente por los túneles sombríos del metro. Los comercios se desentienden del calendario. No descansan, ni por el día del Señor. Los bares parecen no estar sujetos a horarios; siempre hay una barra dispuesta a calmar la sed del sediento. Te puedes cruzar con seres que jamás hubieras ni imaginado. Si te dejas, la vida aquí te puede sorprender: aventura provinciana. Pero, pese a todos los síes, las ocasiones y las bondades que te pueda ofrecer, es, ante todo, impersonal, inaccesible, inasequible. Seguirá siendo siempre un paisaje que no te pertenece.

Sin embargo, hay una zona de la ciudad que parece tener un cierto magnetismo. No pocos de los nuestros viven por allí y no menos dicen sentirse más cerca de casa, como si residir en torno a la carretera de La Coruña les ahorrara el viaje de vuelta. Una atracción producida por la repulsión.

Los motivos que llevan a tantos (y no solo) jóvenes a poner tierra de por medio con nuestra región son estructurales y merecen atención. Sorprende leer las últimas noticias y datos oficiales que, a primera vista, presentan un panorama esperanzador: crecimiento demográfico, descenso del desempleo, repoblación rural… Pero ese espejismo no se refleja en la realidad. Una Administración recaudadora en una región que exporta titulados y población activa, e importa turismo y materias primas que ya atesora, está abocada al fracaso.

Pero no hay -ni mucho menos- lugar a la resignación. En nuestras manos está asumir el tiempo con el que nos ha tocado lidiar y actuar, sin evasiones ni lamentos, desde la incomodidad y el compromiso.

Entretanto, cada uno de nosotros, desde su trinchera, seguirá persiguiendo su estrella. Esa que alumbra nuestras noches claras desde el otro lado del Guadarrama y nos guía de vuelta a Letavia, al paisaje que nos pertenece.

El hombre cabal, como el árbol, echa raíces: cuánto más recias, mejor. Así, la tierra que se precipita desde Castilla entregándose al Cantábrico azul, viaja y crece con uno; y al tener que partir desde la Estación del Norte, uno no puede sino sentirse como Daniel, el Mochuelo: «Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado.Y lloró, al fin».

Carlos Farpón

Socio colaborador de Compromiso Asturias y joven asturiano consultor en Madrid.

La Nueva España