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Artículo de Opinión | «Apología de nuestra cotidianidad», por Carlos Farpón

La importancia de conocer y valorar la identidad local

Oviedo es, últimamente, muy dado a ser candidato a capital. En 2016, el Ayuntamiento presentó una candidatura para Capital Europea de la Cultura, pero no pudo ser. En 2024, Oviedo se postuló y fue elegida Capital Española de la Gastronomía. Y ahora quiere redimirse lanzando una nueva candidatura a Capital Europea de la Cultura para 2031. Estos reconocimientos sitúan a la ciudad en la mente de públicos con intereses específicos tan variados y numerosos que acaban poniendo el nombre de Oviedo en boca de muchos. Además, tanto el esfuerzo que precede a la presentación de una candidatura como el retorno económico y cultural de ganar una elección, reportan importantes beneficios para la ciudad. Así pues, es cierto que esta aspiración constante a capital no está mal, pero no es menos cierto que los ovetenses no necesitamos la validación de un jurado extranjero para sentirnos orgullosos del patrimonio que tenemos y debemos cuidar.

Las joyas históricas y culturales que atesoramos han de ser protegidas y patrocinadas del mismo modo que lo han de ser, como decía Juan Cueto, «las peculiares leyes del vivir social ovetense, su irrepetible cotidianidad, los elementos personalizadores de la ciudad».

Al igual que el mundo gira y las mareas suben y bajan, la lógica mutación de la urbe implica que unos comercios cierren y otros abran o que unos bares bajen la persiana y otros se pongan de moda. El problema no es el cambio en sí, sino la uniformidad del cambio, toda vez que esta mutación es idéntica en todas las ciudades y responde a una corriente de consumismo igualitario que hace que se respire el mismo aroma a perfume comercial en la calle Uría y en la Quinta Avenida. En este contexto, proteger lo nuestro deja de ser cuestión de melancolía y se convierte en obligación cultural. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en aquel Nueva York que retrató Chaves Nogales: «Ni aquellas simas profundas eran calles, ni aquellas hormiguitas apresuradas eran hombres, ni aquel hacinamiento de hierros y cemento, puentes y rascacielos era una ciudad […] Donde un hombre no es nadie y una calle es un número, ¿cómo se puede vivir?».

En Oviedo, no deja de ser doloroso ver cómo un Manolo Bakes ha sustituido a la Cafetería Casal, y no deberíamos resignarnos a que la recién clausurada Rívoli acabe convirtiéndose en un Starbucks, o que los Almacenes Uría degeneren en un AliExpress. Y no se trata de recluirnos absortos en un localismo idealizado, sino de defender que más allá de la Cámara Santa, del Bellas Artes o del Prerrománico hay otros muchos elementos cotidianos que también contribuyen a forjar la personalidad de nuestra ciudad, la hacen más acogedora y, precisamente por ello, deben ser especialmente protegidos.

Es lástima grande ver cómo las identidades locales se diluyen en favor de una homogeneización urbana y consumista que asuela a todo el mundo. Ante esta realidad, si Oviedo quiere seguir aspirando a capitalizar la cultura, la gastronomía y cuanto se le ponga por delante, no debe desatender los elementos populares y cotidianos que le caracterizan y le inscriben en una tradición propia. Reconocimientos como los concedidos en enero a los comercios con más de setenta y cinco años de historia en la ciudad fortalecen el arraigo y el orgullo de los ovetenses. Más como eso.

Para lucir nuestra flor y fruto ante los demás, primero debemos engrandecer nuestras raíces. Y es responsabilidad institucional, pero también individual. Oviedo, hogar de los ovetenses y capital de Asturias; después, si se quiere, de todo lo demás.

Carlos Farpón

Socio colaborador de Compromiso Asturias.

La Nueva España